CEMENTERIO DE LA VILLA SAN SERVANDO-Parte Segunda

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Entre el trabajo o el desarrollo de la producción arrocera

y la conservación de los registros arqueológicos

que dejó nuestra historia

Continuando con el raconto histórico sobre los origenes de la Villa San Servando que comenzára en mi publicación anterior, hoy debemos remitirnos a 1835. En esa fecha, ya había en la villa una vice parroquia, en la cual se encontraba el libro con registros de matrimonios, bautismos y defunciones.

Los primeros

La documentación donde aparecen los sepultamientos contiene antecedentes de importancia para nuestra investigación; a modo de cronología hemos tomado algunos de ellos:

En el libro aparece como primer sepultamiento en julio de 1835 el de María Chacuapiré, india de unos 70 años y que dejó dos hijos.

En diciembre de 1835 Leopoldo Gerard (francés), comerciante.

Bento José Da Costa (portugués), comerciante.

Jacinto García, sargento del segundo escuadrón de caballería.

Pedro Nolasco, soldado.

Estas muertes se debieron al ataque realizado a una goleta de guerra brasileña, la cual estaba fondeada un poco alejada de la villa por el lanchón del comerciante Gerard. La nave brasileña no dejaba atracar un barco con insumos varios en el puerto de “San Servando”.

En febrero de 1837 es sepultado Joaquín, conocido con el mote de “Amarillo”, muere ahogado en el puerto, soltero de más o menos 45 años.

El 17 de noviembre de 1837 es sepultado Juan Garao (fallecido a los 103 años), propietario de campos en la zona del Tacuarí, viudo de Manuela Díaz.

En febrero de 1838 fue asesinado Gregorio Martimiano Lamas Y Palomeque, mayor de la guardia nacional (había relevado en el cargo a Servando Gomez). Se dice que fue sepultado en horas de la noche, debido a que se temía que su señora María Teresa Mena Barreto tuviera un mal parto por la noticia. Dejó a sus dos hijas María, Teresa, y su esposa embarazada.

El 16 de marzo de 1838 el brasileño Marcelino Gonzales de Orique, fue asesinado en las costas del Tacuarí. Era esposo de María Gervacia Porto Mendez Garao (nieta de Juan Garao), dueña de parte de los campos donde hoy está el pueblo de Plácido Rosas, enviudó a los 26 años con un hijo: Martín Ancelmo Gonzales.

El 9 de abril de 1838 muere el capitán Antonio Pereira Piedra, casado con Doña María de la Trinidad, matrimonio que dejó 10 hijos.

El día 26 de diciembre de 1838 es sepultado en el camposanto Anacleto, uno de los 10 hijos de Antonio Pereira (ya fallecido), y de Doña María de la Trinidad. Este había muerto el día 5 de ese mismo mes de una “constipación” (gripe muy fuerte y problemas pulmonares con catarros). Había sido enterrado primeramente más allá de la cañada que hay en el camino de ingreso a la villa, y luego trasladado al cementerio.

Cortejo fúnebre

Como ya lo mencionamos, muchos fueron los testigos orales a los que guardamos sus relatos, pero no podríamos dejar de registrar algunos de ellos que con sus testimonios hicieron posible recuperar al cementerio de la villa de San Servando.

Don Ulises Escouto, quien además de hacernos llegar documentación, nos dio sus recuerdos. Don Onorio Núñez, que, a sus 92 años, lo hacía detener su bicicleta (rumbeando hacia Río Branco), para hacerle preguntas que siempre faltaban, y Don Otalivio Díaz, hombre de trabajo que, disfrutando de su vida de jubilado, nos abría las puertas de su casa para contarnos historias de allí. Ellos ya no están entre nosotros, pero quedarán en las páginas de este trabajo.

Referente a los testigos arqueológicos, encontramos siempre un mismo enemigo, que, sin hacer uso de la razón, hunde su metal destruyendo todo lo que encuentra a su paso, ese enemigo es el arado.

Si bien el arroz ha traído trabajo y desarrollo a nuestra zona, también es responsable de destruir muchos de los testigos de nuestro pasado. Sobre el cementerio de la villa no ha sido diferente. Fue el responsable de hacer desaparecer hace 53 años los indicios que aún comprobaban su existencia; pero con testimonios de quienes estuvieron allí cuando aún se lo podía identificar, se lo ha logrado rescatar.

Según datos recogidos, hasta que fue labrado se podía observar todo el perímetro del cementerio, debido a la existencia de acumulación de tierra, junto con vegetación espinosa, entre ellos cardo bananero, y tunas. Del testimonio de Don Otalivio Díaz, nos confirmó algunos ya obtenidos, y nos acrecentó varios más.

En sus relatos nos hace saber que sus lados medían aproximadamente ochenta por sesenta metros, y que todo su perímetro estaba marcado por un valo (palabra corriente entre los pobladores de la zona, viene del portugués que quiere decir “protección para defensa de un campo”). Esta elevación de tierra, semejante a una tapia, luego de construida se le plantaban cardos o espinos (en este caso cardos bananeros), de esta forma separaba áreas y a la vez no permitía el paso de animales.

De la mayoría de datos recogidos de los memoriosos, coinciden en afirmar que no existieron estructuras que sobresalieran del suelo, indicando dónde estaban las sepulturas, sin embargo, algunos sostenían haber oído de relatos que se veía un solo panteón, perteneciente a un estanciero de las proximidades. Nos lleva a decir que dicho panteón existió, y seguramente perteneció a Don Juan Garao.

…”El 12 de febrero de 1798, el comandante de frontera Agustín de La Rosa otorgó “una suerte de estancia” a Juan Garao, la que poseía: “Una legua de frente al oeste del Tacurí y una y media de fondo, lindando con el río Tacuarí por el norte, con la Cuchilla de Mangrullo”, y con Diego Cenandez, y por el sur terrenos realengos” … Hoy a esa zona se la conoce por su apellido, “Garao”; se sabe también que fue dueño de campos donde hoy se asienta el pueblo de Plácido Rosas.

Más historias

Otros testigos también nos hacen saber que hasta promediando 1950 llegaban moradores de las chacras, en procesión a pedir lluvias en épocas de sequías, o para hacer otros tipos de ruegos y agradecimientos, por lo cual prendían velas, y a la sombra de algún árbol o espinos pasaban el día, de la forma que lo hacían sus antepasados a décadas.

Sabemos (según los testimonios), que hasta 1968 se podía observar aún en el terreno rastros de un camino que llegaba al cementerio, partiendo de una de las calles de la extinguida villa. En 1960 estos campos pertenecían a Doña María De Lourdes y Don Ulises Escouto, y en ese año los arriendan a la empresa Casarone para el cultivo de arroz; pero recién en 1968 es cuando se comienza la labranza y la construcción de canales de riego, en una parte donde estaba situada la villa. Doña María pide a la empresa que no se siembre en el sitio donde está ubicado el camposanto, y que se le descontara de la renta el trozo del área; pero no sabemos cuáles circunstancias o motivos no permitieron frenar el arado.

Son diversas las historias que oímos de los memoriosos a partir de ese momento, algunas con veracidad, otras creemos que algo inciertas, y hasta con un buen grado de humor. En esos años el administrador de la empresa arrendataria era Don Baltazar Posadas, y el encargado de los trabajos y personal Don Otalivio Díaz; este último y los tractoristas que realizaban el preparo de las tierras para el cultivo fueron los últimos testigos de lo que restaba del cementerio. Él nos hizo saber con mínimos detalles que, al iniciar los movimientos de tierras dentro del perímetros, los tractores comenzaron a enterrarse de una forma muy particular y extraña. Nos relató que a cada pocos metros sus ruedas se enterraban hasta los ejes, estando el terreno firme.

Los trabajadores se ponen de común acuerdo y deciden excavar con atención para ver lo que sucedía, y constatan que se trataba de fosas al encontrar restos de cráneos y huesos humanos, algunos en “buenas condiciones”, pero al continuar con la excavación se pudo comprobar que las fosas eran de ladrillos colocados en forma de “espejo” hacia el centro, muy profundas, y que varias de ellas tenían hasta tres cuerpos, uno sobre el otro, separados por arena y ladrillos. Estas tumbas deberían pertenecer seguramente a soldados, en su mayoría presumiblemente indios guaraníes, misioneros muertos en acciones bélicas, allí en la villa. A partir de ese día surgen diversas anécdotas y episodios. De los tantos que oímos contaremos algunos de ellos en una próxima entrega.

SAN SERVANDO – Documental

Juan Carlos Muniz

Peão rural, Artísta plástico, Rescatista histórico e Escritor.

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