POBLADO URUGUAY, PARIDO POR UN RIO

PRESS WORKERS

Poblado Uruguay, una localidad que nació de la adversidad

Cuando realicé la investigación en la zona de Paso de Las Piedras sobre el rescate de “Los cargueros de contrabando en el río Yaguarón”, descubrí que en toda aquella faja de nuestra frontera habían numerosas historias a rescatar; entre algunas de ellas los memoriosos me hacen saber que allí había cruzado Martín Aquino hacia Yaguarón, a visitar a una supuesta novia, y que de regreso en la madrugada había tomado mate con dos o tres moradores, sin ellos saber quién era, pero más tarde el propietario del rancho les hizo saber de quién se trataba aquél extraño.

También nos relataron hechos de violencia, de luchas por el sustento familiar de cada día de los de allí, pero era mi deseo saber acerca de aquel poblado llamado Uruguay, que estaba como guardián de todas aquellas picadas que abrían paso sobre el río Yaguarón. Es así que decido hacer el rescate de su historia.

Para este trabajo, como la mayoría de ellos, no se encuentra material escrito sobre nuestra historia regional, es así que decido hacerlo basado en testimonios de los  pobladores, y de zonas aledañas, aun sabiendo que podremos faltar con algún antecedente o dar información no muy exacta; no obstante son ellos quienes hicieron parte de un pueblo que nace de la desgracia de una de las crecidas del río Yaguarón, dando mejor esperanza de vida a esa gente humilde y trabajadora que siempre ha tratado de encontrar el bienestar de todos. Es así que con sus memorias haremos el rescate.

En las zonas denominadas “Paso de Las Piedras”, “Paso de La Capincha”, hasta el “Paso de La Cadena”, existían alrededor de medio centenar de ranchos en la costa del río Yaguarón.

En 1959, más precisamente en el mes de abril, el río sale de su cauce provocando una de las mayores crecidas que se recuerda junto a la de 1888 y 1984. La furia de las aguas destruye una treintena de ranchos y otros quedan semidestruidos; por lo cual se debió retirar a sus moradores y ubicarlos en nuevas edificaciones, dos kilómetros al sureste más alejados del río. Es así que se crea a través del Parlamento Nacional la Comisión Nacional Para Damnificados, la cual estuvo a cargo del manejo de los fondos recolectados por donaciones para la construcción de treinta y ocho viviendas de dos y tres dormitorios, una escuela, policlínica, y puesto policial.

Transcurría el mes de abril de 1959, desde el Paso de Las Piedras al Paso de La Cadena, la madrugada aún con los rancheros dormidos. Llovía intensamente a varios días. Poco a poco los fogones comenzaban a desprender hilachas de humo más intensas. Toda aquella paz del monte y sus riveras se rompen con el ladrido y aullido de los perros.

Alguien a caballo grita: “¡Visinho (vecino), el río reventó!”, y allí, un poco más alejado: “¡Pariente, prepare el carro con los gurises y la doña!, ¡junten algo de comer, tenemos que salir para arriba!”. Era la creciente del 59.

El pobrerío de las chacras de la zona baja de las picadas se desesperaba por salvar los animales y cargar lo poco que tenían, ya con el agua en la cintura y otros viéndola entrar por las puertas. Más tarde, sólo restaba observar a la distancia cómo a la mayoría de los ranchos viejos sus paredes de terrón se rendían ante las aguas furiosas, y luego el horcón ya estaba en el suelo.

Los cultivos de sus chacras de donde sacaban el alimento básico estaba todo destruido. Don Tiano Bertoche y Natalio Apolinario, que hacían leña en el monte, piques de sauce y sarandí para sobrevivir, observaban cómo el agua se llevaba todo.

El que había llegado de viaje de algún carguero de contrabando de caña, con unos pocos pesos como Don Gerviter, no lograría sin su chacra dar de comer a sus hijos por más de un par de días.

Los vecinos se miraban unos a los otros con la misma pregunta llena de dolor: “¿Y ahora?, ¿qué hacer?”.

Cuando las aguas regresan al cauce del río, alrededor de treinta ranchos quedaron destruidos o semidestruidos. Algunos propietarios los intentaron recuperar colocando precarias maderas y chapas como paredes, otros se fueron a Río Branco a vivir con sus familiares en forma transitoria. Pocos lograron trabajos temporales, y se fueron con sus familias o parte de ellas.

El proyecto y el comienzo de las obras

Enseguida comienza a trabajar la Comisión Nacional Para Damnificados con un proyecto de construcción de un poblado con treinta y ocho viviendas, además de una escuela, un puesto policial y una policlínica.

El área total a ocupar fue de 40hás, donadas por Celia Medeiros “Chela”, esposa de quien había sido en Río Branco receptor de aduanas y luego administrador del centro auxiliar; hoy se lo recuerda por su apellido “Castro”.

También logramos saber que esa área de campo en ese momento la ocupaba Don Mateo Barreto, como arrendatario.

En el año 1961 dan comienzo los trabajos de construcción. Don Gustavo Silveira Zabala (padre), fue el encargado de administrar la obra (su esposa Marta en esos años era la directora de la escuela N°42, aún en el local del Paso de La Arena).

Hicieron parte de los trabajos, mientras estuvo en marcha la obra, cuarenta efectivos del ejército, personal de la Intendencia de Cerro Largo y albañiles de Melo y Río Branco, mientras que la mayor parte de los peones fueron los futuros beneficiarios.

Se recuerda algunas personas que ocuparon lugares de relevancia, por ejemplo: en el escritorio estaba un señor de nombre Matías, que llegaba de Melo. Como constructores, estaban: Domínguez y Ubides Gómez, el capataz de obra: Juan José Antonini Pereira “Pepe”, mientras que Wilson Moreira fue encargado del personal de la obra de construcción del primer puente realizado al mismo tiempo que las viviendas: “Puente de Las Mercedes”.

Se hacía obligatorio que algún miembro de las familias de los beneficiados trabajara en las obras, pero en forma remunerada; a los mayores de edad se le pagaban ocho pesos las ocho horas de trabajo, y a los menores cinco pesos, cumpliendo el mismo horario.

Don Daois Cuello recuerda: “Yo tenía catorce años recién cumplidos, estaba en sexto año de la escuela. Como en mi familia éramos sólos con nuestra madre tuve que trabajar, ya que mis hermanos varones eran más pequeños y las mayores eran mujeres. Comencé en las obras de la futura escuela en junio de 1961, durante 17 meses. En noviembre de 1962 me fui debido a que nos dijeron que no había más dinero para pagarnos, y las obras aún no estaban terminadas, pero yo necesitaba traer dinero para mi familia, así que me fui a otro trabajo”.

Sabemos que como Don Daois, muchos hijos de los damnificados iban a la escuela por la mañana, y por la tarde trabajaban en la obra, así nos relata Don Guaberley Ramos “El Tero”: “En quinto y sexto de la escuela era común que tuviéramos entre catorce y quince años, algunos hasta más, pero íbamos por el café y el plato de comida que no abundaban en nuestras casas”.

La obra se comienza con el acarreo de arena del lugar conocido como “Paso de La Arena”. Se la zarandeaba y se separaba la piedra para vigas, y la arena para la fabricación de bloques. Al principio se cargaba todo en carros grandes, cada vecino colaboraba con lo que poseía.

De la antigua estancia “La Vega” se trajeron cuatro caballos “Frisón”, muy mansos, pero debido a sus tamaños se tuvieron que adaptar brazos más grandes a los carros.

De Paso de Las Piedras se traía la piedra para los cimientos; Don Edard Piñeiro y Luis Carlos Ramírez “Chicoco” eran los encargados de arrancarlas. Sus compañeros reconocían el esfuerzo que hacían realizando ese trabajo, y reciben de ellos el mote de “Picapiedras”. Los carros de mayor porte comienzan cargando piedras para colocar en zanjas y pasos que había en el camino para llegar a la picada, el cual sólo conseguían transitar ellos.

Los memoriosos recuerdan a Don Wueltrudes Gonzales Sosa, quien transportaba las piedras en un carro de cuatro ruedas, vehículo el cual llamaban carretilla (y al que lo conducía, carretillero), tirada por una fila de tres caballos y una yegua gateada al frente. Se sabe que al terminar la obra vende ese equino a Oscar Porciúncula para trabajar con ella en las arroceras, sacando arroz de las chacras con un rastrón.

Don Wueltrudes, tiempo después, ingresó en los blandengues en Montevideo, regresando a Río Branco quince años más tarde, quien falleció a los 76 años.

Cuando los caminos estaban mejorados, comienzan con el acarreo de piedras con camiones de pequeños portes, dos de ellos eran de Melo, y cada quince días llevaban trabajadores que eran de allí a ver sus familias.

Don Agapito Porciúncula compró un camión bastante usado para cargar piedras, y su chofer era Don “Palmarin”. La misma suerte no la tuvo Don Mateo Barreto, quien adquiere un camión en Río Branco; como no sabía conducirlo, recibe indicaciones de cómo hacerlo, principalmente los cambios de marcha. No se sabe si no los memorizó, los cierto es que se dirige a Poblado en primera marcha todo el trayecto, y llega a destino con el motor “fundido”.

Cuando parte de la obra ya estaba culminada, los militares se alojaban en el nuevo predio de la futura escuela, mientras continuaban trabajando en las viviendas y el puente al mando del mayor Domínguez.

Varios testigos nos hacen saber que a fines de 1962, cuando aún no estaban concluidos los trabajos, ya no había dinero para pagar a peones y albañiles; es entonces que los propietarios, al saber cuál vivienda les pertenecía, colaboraron haciendo las terminaciones, como por ejemplo revoques.

Continuaré contandoles más en próximas entregas…

Juan Carlos Muniz

Peão rural, Artísta plástico, Rescatista histórico e Escritor.

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